Merlo, San Luis: A descansar!


Conocimos Merlo durante las últimas vacaciones de “mitad” de año (en octubre), con la idea de descansar mucho y alejarnos de las multitudes de la Capital Federal (perdón, ahora se llama CABA.) Y diría que mayormente lo logramos, porque es una localidad hermosa, pequeña, rodeada de naturaleza y tranquilidad. Esta vez, decidimos darle una nueva oportunidad a Violeta de portarse como un perro adulto. Y qué bien la pasó!! No pudo resistir la tentación de meterse en cuanto arroyo o espejo de agua encontráramos, nadó y nadó hasta agotarse, trepó las rocas con la misma agilidad que nosotros: como una bolsa de papas. Y durmió muchas siestitas, en el auto, en el arroyo, en la cabaña…
Casi casi que viene con nosotros a la caminata hasta el Salto del Tigre (que no es una pose del Kamasutra, sino una cascada, aclaro por las dudas), pero teníamos miedo de que se cansara muy rápido (antes que nosotros, lo cuál sería más que muy rápido) así que se quedó durmiendo la siesta en la cabaña, mientras disfrutamos de la caminata, y el atardecer en el Cerro de los Comechingones (nombre con el que se designaba a una comunidad indígena del lugar).
Al día siguiente, decidimos aventurarnos a una nueva experiencia: el vuelo en Parapente. Sencillamente genial!! Para variar, yo fui la primera en lanzarme, en respuesta al grito del instructor “corré, corré corré…” Gracias a mis piernas cortas, al segundo ya estaba en el aire, sentada en la sillita (más que sentada, diría engrampada). La sensación de vacío en el estómago duró menos de un minuto, cuando empecé a disfrutar las subidas y bajadas en el aire. Impresionante es la sensación de volar, de ver los autos y las rutas chiquitas, y los pájaros curiosos planeando muy cerca. También lo veo a Damián, tratando de despegar con su parapente, parece que no tenía tanta suerte con las corrientes de viento. Pero la que no tuvo suerte en el aterrizaje fui yo. “Quiero aterrizar arriba” dijo el instructor “pero no hay una corriente cálida que nos suba”. Me eché la culpa porque esa noche había cenado mucho, pero parece que no era yo, ufff.
“Vamos a aterrizar abajo, en ese descampado donde nos están esperando”. Genial, dije, y yo qué hago?. “Levantás las piernas y listo, aterrizás sentada.” Mmmm, está bien que cuento con una superficie importante, pero será segura para aterrizar?. Bueno, lo intentamos, con tan mala suerte que a escasos metros antes del descampado, somos “abducidos” por un pozo de aire, y blum!!! aterrizaje sobre los arbustos de pinches!!!
“esto es normal?” pregunté. Me dieron la mano para desincrustarme del arbusto y quisieron convencerme con un “y bueno..si no qué vas a contar?” mientras su prioridad era desatar el parapente de un árbol.
Damián aterrizó como una gacela. Como una gacela descompuesta porque el estómago le quedó revuelto por el resto de la tarde. Felices por la experiencia, nos fuimos a recuperar a Viole que se había quedado esperando muy paciente en el auto, sin romper nada, muy bien!
Otro día fuimos a Córdoba, la provincia vecina, y visitamos el Museo Rocsen en Nono.
Para sintetizar, este museo contiene más que nada…bizarreces. Ropa vieja, perdón, antigua, fotos, elementos de electrónica, juguetes antiguos, y bla bla bla… Lo más lindo es la fachada (verán en la foto). El calor agobiante nos lleva a zambullir a Violeta en un arroyo, y tomar un helado en Mina Clavero, para luego regresar y disfrutar de una deliciosa pizza a la parrilla y una cervecita. Qué lindo es estar de vacaciones…