Nuestro
vuelo al Calafate y el micro al Chaltén fueron tranquilos y en horario.
Llegamos en un bus de Caltur, envueltos en el desagradable aroma de 10
mochileros europeos y sus camisetas térmicas, que evidentemente traían consigo
impregnadas las aventuras de sus últimas 17 vacaciones. Y aunque todos los
pasajeros trataron de reacomodarse dentro del micro medio vacío al refugio de
tan desafortunada compañía, a las 3 hs. de viaje el perfume ya se había
distribuido en forma uniforme. Nuestro único deseo: que ninguno de estos
mochileros olorosos y enormes, sea nuestro compañero de habitación.
Llegando y
al atardecer, divisamos la imponente silueta del Monte Fitz Roy, una de las
cosas más lindas que vimos en la vida.
El Hostel
Pioneros nos recibe lleno de jóvenes españoles. Me encanta! pero sólo por un
rato, cuando me doy cuenta que nuestra habitación es la primera junto al área
común, donde estos “tíos” se la pasan charlando a los gritos hasta cualquier
hora. En ese mismo momento develamos el misterio de nuestros compañeros de
habitación…y qué buena noticia!!! compartimos la pieza con Magalí y Alix, dos
francesas divinas, super simpáticas, las dos médicas y que hablan español!!
La vida en
El Chaltén comienza bien temprano. Entre las 6 y las 7 de la mañana suenan los
despertadores y empieza el movimiento de preparar el desayuno de la mayoría
(menos de los españoles que se acostaban hace un ratito…) Y si el despertador
no sonaba, te despertabas igual, porque
la habitación 1 era la peor ubicada de todo el hostel (igual el lugar es
muy recomendable!). Como decía, hay que
madrugar. Los trayectos son muy largos, y no es conveniente emprender la vuelta
entrada la tardecita, ya que en seguida oscurece y se puede complicar. Hay
trayectos más “amigables”, como el “Chorrillo del Salto”, donde en poco menos
de una hora, estás en un lugar hermoso.
El mirador
de los Cóndores es otro de los trayectos cortos. Una lástima que no llegamos
al punto panorámico, al haber sido
sorprendida por una reacción alérgica que me mandó derecho al puesto sanitario.
No recuerdo haber visto a Damián correr tan rápido! Me encantaría haber
documentado el momento desde el inicio de mi rash cutáneo, mi traslado en la
camioneta del Guardaparques, y mi recepción en el shockroom del puesto
sanitario donde recibí la medicación endovenosa, pero Dami se negó rotundamente
a tomárselo con un poco de humor y sacar algunas fotos…No faltará
oportunidad…jejej.
(Hago un
paréntesis para agradecer al Dr. Carlos su atención, su dedicación, y el haber
convencido a Damián de irnos a vivir al Chaltén porque necesitaban médicos a
cambio de un sueldo que triplica el mío, tanto en billetes, como en calidad de
vida….)
Día
siguiente, y habiendo cancelado el trekking al Glaciar Torre a la expectativa
de la evolución de mi cuadro anafiláctico, decidimos hacer algo tranquilo, y
tomar una combi hasta el Glaciar Huemul y la Laguna del Desierto. Segundo día
en El Chaltén, segundo obstáculo: un árbol gigante cae en nuestro camino
minutos antes de nuestro paso, haciendo imposible removerlo en las próximas
horas…a caminaarrrr se ha dicho…Por lo que emprendimos nuestra caminata hacia
el lugar donde se inicia la caminata para llegar al Glaciar. Sencillamente
hermoso: una laguna verde esmeralda por un lado, un Glaciar colgante del otro,
y una caminata amena en compañía de dos Rosarinas, y dos guías de turismo de
paseo en su día franco.
Y llegó el
día: todo listo para caminar hacia (y sobre) el Glaciar Torre. Casi 15 km. y muchas subidas y
bajadas nos separan de este lugar, accesible para pocos. Por eso hay que salir
bien temprano, y bien provisto de una vianda bien calórica, abrigo y unas
buenas zapatillas. Salimos y era de noche. Caminamos, caminamos, cruzamos un
arrollo en tirolesa, subimos, bajamos y cuando ya quería volver, llegamos al
Glaciar…Hermoso, inmenso, y turquesa. Con toda la torpeza del mundo, me subí a
esos grampones, junté coraje y le dije al guía: “qué pasa si te digo que tengo
miedo y me quiero volver??”…pobre flaco, me agarró de la mano y allá fuimos,
adentro y más adentro, saltando las grietas por un caminito improvisado, hasta
un lugar en el medio de la nada, donde nos sentamos en el hielo, y nos comimos
el sándwich de jamón y queso más rico del mundo. Rodeados de paredes de hielo,
era como estar adentro de un freezer, donde practicamos escalada para salir en
las fotos. Viento y un pequeño granizo. Es hora de volver! si no fuera porque
casi me caigo en una grieta, ya tenía la técnica casi dominada. La peor parte,
subir esa pared de piedras flojas que caen al agua. Tengo los peores recuerdos
de esa subida, para qué arruinar el relato? Un tecito calentito, un alfajor
(que no comí porque era de chocolate…no sería de buena práctica hacer una
reacción alérgica a 6 hs. del pueblo y sin señal de teléfono ni handy) y a
emprender la vuelta, que terminó en una lluvia torrencial, un camino oscuro y
embarrado, y una sonrisa gigante en nuestro rostro cuando vimos las luces del
pueblo a las 9 de la noche…El día siguiente nos merecimos ese descanso y ese
panqueque de dulce de leche que nos comimos en La Wafleria, para prepararnos
para el otro día: Laguna de los Tres, previa cena con nuestras amigas
francesas.
Ultimo día:
Yo vs. una diarrea que empañaba nuestra salida. Salir o no salir a caminar 8
hs? esa es la cuestión…Qué bueno que nuestras compañeras traían unas
“pastillitas” cuyo nombre estaba en francés, pero tenían toda la pinta de ser
un antidiarréico. Y bué…yo me las tomo, y salgo.
El camino a
Laguna de los Tres es lo más. El paisaje no deja de maravillarnos a cada
minuto, y el Fitz Roy siempre por delante, nos llama a seguir y seguir. Un té
calentito en Laguna Capri (porque con la diarrea, de tomar mate ni hablar), un
almuerzo en el campamento Poincenot, y un viento y un granizo que nos convencen
de no emprender el último tramo, ante el riesgo de encontrar el camino muy
resbaloso y que se haga tarde para volver.
Dejémoslo
así, inconcluso, por un tiempo, así nos dan más ganas de volver para
terminarlo. Mañana nos vamos al Calafate!!!