Bien
temprano y todavía de noche, abordamos el micro que nos llevaría de vuelta a El
Calafate. Mientras nos alejamos, vemos al Fitz como nunca, iluminado por los
tonos naranjas del amanecer, y custodiado por nubes de perfecta redondez.
Mientras Damián lee, me duermo una siestita, no hay mucho que ver por la
ventanilla más que kilómetros de estepa patagónica que no capturan ni un poco
mi atención.
El Hostel
de las Manos será nuestra casa en El Calafate, atendido por sus dueños, como
casi todos los hostels: porteños arrepentidos que huyen de la ciudad en busca
de una vida como la
gente. Quién te dice en algunos años, qué hostel estaremos
atendiendo nosotros…
El Calafate
es una hermosa ciudad, nueva, pequeña, y llena de turistas. Comer es caro,
pasear es caro, tomar un avión es caro, llegar al Glaciar Perito Moreno es
caro…más que caro, diría “impagable”. Ya llegando al Parque Nacional, uno
empieza a divisar la inmensidad turquesa del “Perito” y se queda sin palabras.
No sé si es por eso, o es por el frío terrible que hace por esos pagos…
El primer
acercamiento lo hicimos en un paseo lacustre. Había tanto viento ese día, que
el lago tenia olas que tapaban la cubierta del barco. Unos cuantos se quedaron
adentro, bien agarraditos del asiento. “Es normal que se mueva así, no?” le
canchereé a la chica que atendía el kiosco. “La verdad que no” dijo. Y me fui a
sentar yo también.
Ya cerca de
los glaciares, y rodeados de témpanos de hielo, no paramos de sacar fotos. Es
que si está soleado, se ven de un color, y si una nube tapa el sol por unos
minutos, el mismo témpano ya no es el mismo. Y merece otra foto.
Caminar por
las pasarelas frente al Glaciar merece otro párrafo. Enorme, inmenso, infinito
se impone ante la vista atónita del turista. Observar un pequeño
desprendimiento es presenciar un milagro, y la piel se eriza al oír el tronar
del hielo cuando explota en las aguas casi congeladas. Los espectadores
acompañan el espectáculo que ofrece la naturaleza con un silencio expectante.
Un mensaje de texto de un celular inoportuno puede arruinar un momento
perfecto. Y todos festejan cuando se cae aquella puntita de hielo que quién
sabe cuántas horas hace que están mirando fijo esperando el momento justo…
Pocas veces
me ha pasado que se me piante un lagrimón de la emoción.
Miles de
cámaras disparan secuencias de fotos. Para qué?. No es mejor llevar el recuerdo
impreso en la memoria?. Bueno, no sé. Yo saqué 500 fotos, y voy a volver por más…